“Blindaje con fuero: la nueva moda en el Senado”.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Si algo ha quedado claro en la política mexicana reciente es que el fuero no es una figura jurídica: es un chaleco antibalas emocional, un escondite moral, una cueva de impunidad, y sobre todo, una zona VIP del cinismo. El último en disfrutar sus beneficios es Adán Augusto López Hernández, flamante senador de la República y exsecretario de Gobernación, quien se aferra al escaño con la misma pasión con la que antes defendía a Andrés Manuel López Obrador, aunque ahora lo haga en silencio… por razones estrictamente procesales (léase: por miedo).
Este miércoles, la senadora Lily Téllez presentó un punto de acuerdo en el Pleno del Senado para que el senador López Hernández solicite licencia y se ponga a disposición de las autoridades, ante los señalamientos cada vez más sólidos de que su exsecretario de Seguridad Pública en Tabasco, Hernán Bermúdez Requena, no solo tenía nexos con el crimen organizado, sino que —¡sorpresa!— sería presuntamente líder de “La Barredora”, una célula del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Un caso que suena más a serie de Netflix que a boletín de la Fiscalía General de la República.
La iniciativa de Téllez, por supuesto, fue rechazada. ¿Y quién la frenó? Morena, ese grupo parlamentario que se dice transformador, pero que cuando se trata de encubrir a sus allegados, se comporta como el PRI de los 80, pero sin el estilo. Con una votación que pareció más acto reflejo que debate razonado, los senadores morenistas blindaron al exgobernador tabasqueño como si se tratara de un tesoro nacional. No hubo reflexión, no hubo vergüenza… pero sí hubo fuero.
“Yo no sabía nada”: el nuevo “haiga sido como haiga sido”.
Adán Augusto ha declarado con solemnidad que él no sabía nada del oscuro pasado de Bermúdez Requena. ¿Y por qué habríamos de dudarlo? Después de todo, en México, la ceguera selectiva es una condición endémica entre nuestros políticos. El problema, claro, es que hay documentos, reportajes, investigaciones periodísticas y hasta rumores de café que señalan que los nexos de Bermúdez con el crimen organizado venían desde antes de que fuera nombrado secretario de Seguridad. Es decir, Adán Augusto no solo “sabía”, sino que sabía y aun así lo promovió.
Pero la cosa no para ahí. Durante su paso por la Secretaría de Gobernación, López Hernández habría otorgado permisos y beneficios a la familia del hoy prófugo —sí, de ese que encabeza la lista negra de las fiscalías y que se esfumó como expediente de Odebrecht. Entre otros favores, destacan permisos para casinos (porque en Tabasco la seguridad y el entretenimiento se gestionan con los mismos padrinos).
Es curioso cómo la memoria política suele ser tan selectiva. Porque cuando el caso de Genaro García Luna explotó en tribunales estadounidenses, Adán Augusto fue uno de los primeros en declarar, con esa sonrisa de superioridad que tanto cultivan algunos exfuncionarios de la 4T, que “el responsable no era García Luna, era Felipe Calderón. Claro que sabía”. El aplauso no se hizo esperar. Hoy, la frase le regresa como un boomerang con la leyenda grabada: “Claro que sabías, Adán”.
Acción Nacional: regresó Anaya y, de paso, el debate.
Frente al silencio ensordecedor de Morena, el Partido Acción Nacional parece haber despertado del letargo. Lo hizo con la voz de Ricardo Anaya, quien —para sorpresa de propios y extraños— regresó a la escena política como portavoz de la oposición en el Senado. Y no, no volvió con el PAN señalado por moches ni el de los spots religiosos; volvió con una narrativa clara y, al menos esta vez, con una denuncia legítima.
Anaya exigió que el caso se discutiera en el Congreso, que el Senado no se convirtiera en el club de impunidad de los amigos del presidente y que se investigue a fondo la relación entre López Hernández y el hoy prófugo Bermúdez. Y aunque muchos recordaron los fantasmas judiciales del propio Anaya (con razón), lo cierto es que, por contraste, su discurso fue como un rayo de lucidez en un salón tapizado de complicidades.
Porque si alguien creyó que la 4T traería una nueva ética republicana al Legislativo, basta con ver este caso para entender que solo se trata de una nueva versión de los mismos vicios: proteger al amigo, negar el escándalo, minimizar el crimen, culpar a los de antes y, si todo falla, fingir demencia.
El fuero como medida desesperada.
El blindaje a Adán Augusto López Hernández es un síntoma del desgaste de Morena como fuerza ética. Una vez que se cruza la línea del encubrimiento, ya no hay transformación posible, solo simulación con otra camiseta. La bancada morenista no solo votó en contra de un punto de acuerdo, votó en contra de la transparencia, de la rendición de cuentas, y —aunque les duela admitirlo— votó en contra de la memoria que ellos mismos exigieron cuando era el PAN el que tenía los cadáveres en el clóset.
Mientras tanto, en Tabasco, el CJNG sigue operando, Bermúdez Requena sigue prófugo, y Adán Augusto sigue muy cómodo en su escaño, protegido por la misma estructura que un día juró combatir. La diferencia es que ahora ya no se ríe en las conferencias, solo guarda silencio… un silencio que, como todos los silencios en política, grita demasiado.
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