Crónica de las mega obras: la factura que pagamos todos
Cada vez que se habla de las “mega obras” en México, la conversación se queda atorada en el costo de cada una y en las desviaciones del presupuesto inicial. Evidentemente, ese dato importa, pero es apenas la punta del iceberg, pues lo verdaderamente preocupante —que hoy podemos ver— son los costos colaterales; es decir, los que no salen en la factura, pero que terminan pagándose igual o más alto.
Si hay una obra que no ha soltado la polémica, es Dos Bocas. Lo cual no solo ha ocurrido por lo que costó o por lo poco que se ha producido con esta mega obra, sino por los incidentes constantes que se han desencadenado entrono a la misma.
En teoría, una refinería es un proyecto de alta complejidad, donde la seguridad no es un “extra”, sino la base. Entonces, es aquí donde empieza el humo que no es posible ignorar, pues entre reportes de fugas, incendios, contaminación ambiental, paros no previstos y trabajadores lesionados, se va dibujando un patrón que no se resuelve con comunicados optimistas y que, a su vez, desdibuja la huella de un gobierno que, en vez de dejar legados, heredó problemas.
Cada incidente no es solo un evento aislado: implica costos operativos, interrupciones, desgaste del personal y, sobre todo, cuestionamientos sobre cómo se está gestionando la productividad del proyecto. En el pasado, el expresidente López Obrador dijo: “¿De cuándo acá se requiere tanta ciencia para extraer petróleo?”, pero en el presente podemos ver que tampoco es cosa sencilla extraerlo y refinarlo.
Después de todo esto, Dos Bocas no solo se está evaluando por si refina o no refina, sino por cómo llegó hasta ahí, ya que, en ese camino, los costos colaterales —en seguridad, en credibilidad y en operación— pesan más de lo que muchos quisieran reconocer como logro y fruto de esta obra faraónica.
Dos Bocas es el ejemplo de que, por mucho recurso que se destine a un proyecto de esta naturaleza, el éxito no está garantizado. Cabe mencionar que este no es el único caso: ahí están el Tren Maya, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles y la megafarmacia, entre otras. Porque, aunque no sean proyectos iguales, comparten la misma lógica y, sobre todo, las mismas consecuencias.
En el caso del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, el reto nunca fue su construcción, pero sí lo ha sido su funcionamiento, pues un aeropuerto no se mide solo por existir, sino por operar de manera eficiente, y ahí es donde han surgido las dudas. En este caso, se trata de una demanda que no termina de consolidarse, rutas inestables y una conectividad que todavía no responde a lo que se esperaba, pues al final no basta con tener la infraestructura, se necesita que realmente cumpla con el propósito para el que fue creada.
Con el Tren Maya ocurre algo similar, aunque en una escala distinta, ya que se planteó como un proyecto de desarrollo regional, pero en el camino aparecieron cambios, ajustes y decisiones que reflejaron más el beneficio de los cercanos al poder que una planeación sólida, porque cuando un proyecto de esta magnitud avanza sin claridad total, las consecuencias no tardan en aparecer y aquí no solo se trata de recursos, sino de impactos que ya han cobrado factura en vidas, tras descarrilamientos o, como se les ha querido llamar, “percances de vía”.
Las megafarmacias son otro caso, pues la intención era atender un problema urgente, pero su implementación solo dejó burlas, ya que, en ese esmero por centralizar el abasto, lo único que se logró fue evidenciar fallas en la distribución y en los tiempos de entrega, porque no se trata únicamente de concentrar medicamentos, sino de garantizar que lleguen de forma oportuna a quienes los necesitan. Fue así como se pasó de un extremo a otro, pues se inició con la megafarmacia y se culminó con las farmacias del Bienestar, que básicamente eran un módulo con únicamente veintidós tipos de fármacos.
Todos los casos son distintos, pero comparten algo en común: proyectos que enfrentan dificultades no en lo que prometen, sino en cómo logran sostenerse en la realidad, porque una obra no se define solo por su arranque, sino por su capacidad de funcionar a lo largo del tiempo y en beneficio de la sociedad mexicana.