La “prueba de fuego” de Morena; mano de puerco o consensos.
Por: Juvenal Rosales Flores
La reforma electoral presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum no solo abre un nuevo capítulo en la discusión democrática del país, sino que coloca a Morena frente a su mayor “prueba de fuego y operación política” en el Congreso de la Unión rumbo al 2027 y 2030. Así que no se trata únicamente de votos; se trata de cohesión, disciplina y capacidad de negociación en un escenario donde cada aliado cuenta.
Hoy, el partido guinda no puede dar por sentado el respaldo automático de sus aliados tradicionales, ya que el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo han marcado distancia y condicionan su apoyo; por lo que la reforma esta zona de riesgo, ya que una modificación constitucional, la mayoría calificada es una muralla que no se salta con discursos.
Del otro lado del tablero, el Partido Revolucionario Institucional y el Partido Acción Nacional ya anticiparon su voto en contra. Ambos califican la iniciativa como un retroceso democrático, una narrativa que buscarán posicionar ante la opinión pública como defensa institucional frente a lo que consideran un intento de control político.
Pero hay una pregunta de fondo que comienza a repetirse en los pasillos legislativos y en la opinión pública: ¿por qué cambiar las reglas electorales cuando Morena ganó con ellas? Si el actual sistema permitió a la 4T alcanzar la Presidencia, mayoría en el Congreso y múltiples gubernaturas, el argumento de la “urgencia” requiere una explicación más sólida.
Desde la óptica del oficialismo, la respuesta es que ganar no implica que el modelo sea perfecto y argumentan que hay excesos en el gasto, duplicidades administrativas y un sistema costoso que debe ajustarse a la nueva realidad política del país; por lo que para según Morena, la reforma no es para ganar, sino para simplificar y abaratar.
Sin embargo, la oposición sostiene lo contrario, que modificar reglas después de haber triunfado con ellas genera sospecha. El Partido Revolucionario Institucional y el Partido Acción Nacional insisten en que cualquier ajuste debe surgir de consensos amplios y no de mayorías circunstanciales; lo cual es razonable; sin embargo, también la mayoría existe para aplicare.
En la aritmética parlamentaria, sin aliados no hay reforma. Y si los números no cuadran, Morena tendría que explorar rutas alternas. ¿Mirará hacia la bancada de Movimiento Ciudadano? La pregunta no es menor, porque MC ya advirtió que no permitirá presiones ni “mano de puerco” como, aseguran, ocurrió en otros debates legislativos, como fue la reforma judicial.
En ese escenario, comienza a circular la especulación política: ¿estaría Morena dispuesto a negociar apoyos a cambio de concesiones estratégicas? Algunos sugieren que podría abrirse la puerta a acuerdos en estados relevante como es Nuevo León, donde la ola naranja gobierna y busca mantener su bastión. La política mexicana ha demostrado que nada es casual cuando se trata de reformas estructurales.
Pero también el Verde tiene cartas en la mesa. El financiamiento a partidos políticos es uno de los puntos más sensibles de cualquier reforma electoral. Si el PVEM considera que sus prerrogativas o márgenes de operación se reducen, podría condicionar su voto a ajustes específicos. En política, los aliados también negocian.
El Partido del Trabajo, por su parte, históricamente ha acompañado a Morena en las grandes reformas. Sin embargo, en coyunturas cerradas, cada voto vale oro. Morena necesita más que afinidad ideológica, requiere compromisos firmados en la práctica legislativa.
Aquí entra en juego la figura de los coordinadores de Morena tanto en el Senado, como en la Cámara de Diputados; su tarea no será únicamente defender el contenido técnico de la reforma, sino garantizar unidad interna y cerrar cualquier fisura. En reformas constitucionales, las ausencias pesan tanto como los votos en contra.
El trabajo fino implica diálogo permanente, concesiones calculadas y mensajes claros hacia la base, por lo que el partido guinda no puede permitirse que el debate se convierta en una confrontación desordenada que fortalezca el discurso opositor del PRI y el PAN. La narrativa pública será tan importante como la votación en el pleno.
Morena tiene ante sí un dilema central; justificar por qué cambiar reglas que le dieron el triunfo y, al mismo tiempo, construir mayoría calificada sin fracturar su coalición. Si logra explicar que la reforma busca fortalecer la democracia y no blindar su poder, podrá avanzar. Si no, la oposición encontrará en esa contradicción el argumento más poderoso para frenar la iniciativa presidencial.
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