POR: LILY ORTIZ
Extorsión: el delito que no baja aunque cambien las leyes
Mientras las cifras oficiales presumen disminuciones en homicidios y otros delitos de alto impacto, hay uno que camina en sentido contrario: la extorsión. Y no es menor, es el delito que se mete a la casa sin romper la puerta, que no deja huellas visibles, pero sí cicatrices profundas y ese sentido de que se violento lo más preciado que es la tranquilidad.
Desde el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum se ha insistido en que la estrategia de seguridad está dando resultados; se han impulsado reformas para que la extorsión se persiga de oficio y se han anunciado operativos especiales, y si en el papel, el mensaje es claro: el Estado ya no esperará denuncia para actuar; pero en la realidad, el delito sigue creciendo.
¿Dónde está la falla?
Primero, en la naturaleza misma de la extorsión, es un delito silencioso, muchas víctimas no denuncian por miedo, desconfianza o porque la amenaza es directa contra sus hijos, su negocio o su integridad. Aunque ahora se persiga de oficio, la autoridad sigue dependiendo de información que muchas veces no llega. La reforma legal era necesaria, sí, pero no suficiente.
Segundo, en la capacidad operativa, la extorsión no siempre se comete desde la calle; muchas veces opera desde centros penitenciarios o redes digitales difíciles de rastrear. Combatirla exige inteligencia financiera, tecnológica y coordinación real entre federación y estados. Y ahí es donde la estrategia parece fragmentarse.
Pero más allá de cifras y discursos, la extorsión tiene un impacto que no se mide en estadísticas, un número es lo que se informa o lo que se logra denunciar; y otra seguramente k huí más grande de hechos que suceden y no se dicen.
No solo afecta al comerciante que recibe la llamada, afecta a su esposa que deja de dormir, a los hijos que perciben el miedo, a toda la familia que modifica rutinas, que cambia números telefónicos, que vive con la ansiedad constante de que “algo pase”. Desestabiliza emocionalmente y fractura la tranquilidad cotidiana.
En el plano social, la extorsión encarece productos, cierra negocios y erosiona la confianza comunitaria. Cuando un comerciante paga “cuota”, ese costo termina trasladándose al consumidor. Y cuando decide cerrar, se pierde empleo y se debilita el tejido social; no es un problema individual; es un fenómeno que contamina comunidades enteras.
La autoridad ha respondido se han anunciado operativos y detenciones. Sin embargo, mientras las cifras no bajen de manera sostenida, la percepción ciudadana seguirá siendo de abandono. Y en seguridad pública, percepción también es realidad política.
Hoy el reto no es solo perseguir la extorsión de oficio, sino desarticular sus redes económicas, proteger eficazmente a denunciantes y recuperar la confianza social. De lo contrario, seguiremos celebrando reducciones en algunos delitos mientras el miedo cambia de forma y se instala en otro lado.
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