La Megafarmacia: el monumento al “sí se pudo” que se quedó sin ruido.
Por: Alejandro Flores de la Parra.
Hay fotografías que explican mejor una política pública que mil discursos. La de la Megafarmacia del Bienestar podría ser una de ellas: una gigantesca instalación federal, una entrada semibloqueada por cascajo, 50 andenes sin movimiento visible y una actividad que, al menos desde afuera, parece más cercana al silencio que a la revolución logística que se prometió.
La escena, documentada por El Universal, resulta incómoda porque no ocurre en un edificio abandonado, sino en el que fue presentado como una de las grandes respuestas de la Cuarta Transformación al desabasto de medicamentos.
La Megafarmacia abrió operaciones en diciembre de 2023 con la promesa de convertirse en el gran centro nacional capaz de concentrar medicamentos y resolver, mediante una logística centralizada, las necesidades del IMSS, ISSSTE e IMSS-Bienestar. Birmex la presentó entonces como una pieza esencial para garantizar un suministro oportuno, confiable y suficiente.
Pero hoy aparece una paradoja difícil de ignorar: un proyecto diseñado para acabar con los huecos del sistema de salud parece convivir con sus propios huecos.
Según el recorrido de El Universal, uno de los accesos permanece afectado por un socavón que se formó desde enero. Los automóviles pequeños y motocicletas todavía pueden sortearlo con dificultad; los tráileres, que deberían ser los huéspedes naturales de una megabodega logística, no.
El detalle parece menor hasta que uno recuerda que hablamos de una instalación de cientos de miles de metros cuadrados destinada precisamente a recibir, preparar y distribuir medicamentos.
Y aquí aparece la ironía: la Megafarmacia tiene espacio de sobra, pero la infraestructura para llegar a ella parece tener menos.
Dentro, el contraste es todavía más elocuente. Los trabajadores consultados por el periódico explican que los medicamentos llegan, son revisados, preparados y enviados nuevamente a las instituciones de salud. Es decir, la instalación sí tiene una función operativa.
El problema político está en otro lugar: ¿qué tan lejos está esa operación de la promesa original?
Porque la ciudadanía no evalúa un sistema de salud por la sofisticación de sus bodegas, sino por algo mucho más sencillo: si llega la medicina cuando la necesita.
Y ahí está el verdadero costo político para Morena.
Los datos oficiales obligan a matizar cualquier diagnóstico catastrofista: entre 2022 y 2024 la carencia por acceso a los servicios de salud disminuyó de 39.1% a 34.2%, aunque todavía representaba 44.5 millones de personas. El propio INEGI señala que en 2024 sólo 65.8% de la población no presentaba carencia de acceso a servicios de salud.
Es decir: hay avances, pero el problema sigue siendo monumental.
Y precisamente por eso cada receta incompleta, cada medicamento que no llega y cada paciente obligado a comprar de su bolsillo se convierte en un recordatorio político de que el discurso no cura enfermedades.
La salud tiene una característica que la propaganda no puede controlar: tarde o temprano se prueba en carne propia.
Un ciudadano puede escuchar durante años que el sistema está mejorando. Puede recibir una pensión, una beca, un apoyo o algún otro beneficio social y sentir, legítimamente, que su situación económica ha mejorado. Pero cuando llega al hospital y le dicen que no hay medicamento, el discurso se encuentra con la realidad.
Ahí no hay mañanera que valga.
Éste es quizá uno de los mayores desafíos políticos de la llamada transformación: los programas sociales pueden construir gratitud; los servicios públicos construyen —o destruyen— confianza.
El dinero transferido directamente puede aliviar una parte del ingreso familiar. Pero difícilmente compensa durante mucho tiempo el costo de una enfermedad, una cirugía, un tratamiento oncológico o una receta que el paciente termina pagando en una farmacia privada.
Por eso la Megafarmacia importa más allá de sus muros.
No se trata únicamente de saber cuántos tráileres entran, cuántos medicamentos se almacenan o cuántos trabajadores laboran ahí. Se trata de saber si el enorme aparato burocrático creado alrededor de ella está produciendo el resultado que se prometió: medicamentos suficientes, oportunos y accesibles para quien los necesita.
La postal descrita por El Universal —cascajo, accesos complicados, andenes vacíos y poca actividad visible— no demuestra por sí sola que la Megafarmacia sea inútil. Pero sí plantea una pregunta legítima que el Gobierno debería responder con cifras, no con consignas:
¿cuánto medicamento entra, cuánto sale, cuánto permanece almacenado y cuántas recetas que antes quedaban pendientes son realmente resueltas gracias a ella?
Birmex mantiene actualmente la Megafarmacia dentro de su estrategia de distribución y anuncia procesos para optimizar la logística de medicamentos e insumos para 2025-2026.Precisamente por eso la discusión ya no debería ser ideológica. Debería ser contable, verificable y pública.
Porque una política pública no se mide por el tamaño de la bodega que construye, sino por el tamaño del problema que logra resolver.
Y mientras afuera los tráileres hacen maniobras para entrar, los vecinos sortean un socavón y los ciudadanos siguen preguntándose dónde conseguir su medicamento, la Megafarmaciacorre el riesgo de convertirse en una metáfora perfecta de la Cuarta Transformación:
mucho espacio para la promesa, mucho discurso para explicar el proyecto y todavía demasiadas preguntas sobre lo que realmente hay adentro.
La pregunta ya no es cuánto tiempo puede sostenerse la narrativa.
La pregunta verdaderamente incómoda es otra:
¿cuánto tiempo más podrá el dinero de los programas sociales compensar políticamente las deficiencias de los servicios públicos?
Porque una pensión puede comprar tranquilidad durante un mes.
Pero cuando un familiar enferma, lo que se necesita no es una narrativa: se necesita la medicina.